El humano de a pie suele nacer con una tendencia profesional marcada o modelada por distintos factores. Algunos procuran reorientar sus instintos vocacionales hacia profesiones rentables, socialmente valoradas, o denominadas comúnmente “carreras útiles”. Otros escuchan en su interior una voz que clama salir en busca de nuevas experiencias lejos de los cánones. Sin ningún tipo de dudas, una humilde serviora pertenece a este segundo grupo.
Mis maravillosos progenitores me inculcaron siempre que estudiase lo que más me gustase animándome a explorar el mundo de la vocación. Cuando mis líneas mentales comenzaron a trazar un camino definido, una fuerza sobrenatural me llevó a embarcarme en el mundo más pequeño que existe en el universo de los mundos: la célula humana. Mis ojos se abrieron de golpe y me lancé a conocer todos los secretos del mundo microscópico.
Durante mis años de formación tuve que responder a muchas preguntas de mi entorno, pero había una que me resultaba especialmente chocante: “¿biología?, ¿para qué sirve?”. Es la pregunta esencial para los que se obligan a formar parte del primer grupo, la pregunta más absurda para los que formamos el segundo grupo, ¿tienen las cosas que servir siempre para algo?. Mi vocación era más fuerte que todas las muecas de extrañeza que observé en muchos de los rostros que se interesaban por mi brillante futuro.
Seis años de formación universitaria, de buceo en las estructuras más minúsculas que jamás había imaginado y que permitían el más mayúsculo fenómeno de la existencia: la vida. Seis años de risas, nervios, y muchos folios que copiar en los archivos cerebrales, y aún así no tuve suficiente. La única salida que descubrí que se ajustaba a la voz de mi interior era iniciar carrera científica para ampliar los libros del saber de todo el mundo.
El destino trazó el siguiente paso sin buscarlo. La joven licenciada iniciaba su viaje en la ciencia en el mejor laboratorio que podía soñar, un lugar lleno de ilusiones y proyectos que tirar hacia adelante. El jardín del Edén científico no tardó en mostrar sus sombras. La desconfianza, la ambición encubierta de humildad, y la esclavitud de un sistema que asfixia a sus jóvenes brotes alimentándose de su ilusión dejaron su huella. Por suerte, o por desgracia, conté con las armas más poderosas que se pueden tener: la perseverancia y la paciencia.
Tras nueve años y cuatro meses en aquella habitación y sus colindantes volé libre como los pájaros en una mañana de primavera. Salí con una tesis bajo el brazo y una gran amiga para el resto de mis días. Allí quedaron mi vocación, mi ilusión, y una brillante carrera en las fauces de un lobo feroz.
Una científica es como una top model. Empiezas tu carrera con la mirada puesta en el futuro, con la cabeza llena de ilusiones y con el cuerpo listo para hacer todos los esfuerzos que requiera tu vocación. Cuando cruzas el umbral descubres que ese mundo no es de color de rosa, que las bestias se esconden en cualquier esquina listas para devorarte. Eso te hace fuerte porque comprendes que tu carrera es corta y debes exprimirla como una naranja para hacer el mejor zumo de tu vida.
Cuando has cumplido los treinta, el sistema ya no te quiere. Después de formarte no saben qué hacer contigo porque estás demasiado preparada y no quieren pagarte lo que mereces, así que te ignoran invitándote así a terminar tus días profesionales para dejar paso a frutas verdes dispuestas a dejarse esclavizar por sus ilusiones, como tú lo hiciste antes.
Un día estás en la cola del paro pensando que para ese sistema que alimentó tu vocación eres un número que ha pasado de los treinta sin haber trabajado nunca. ¿Y las veces que has visto amanecer y anochecer en aquel edificio sin que el reloj hubiese dado todavía una vuelta completa?, ¿tantos fines de semana que sacrificaste para que el país estuviese en la vanguardia de la investigación?, ese esfuerzo no lo mide un sistema que se alimenta de tus sacrificios y tu vocación y encima se atreve a acusarte de no haber trabajado. Mientras esperas tu turno revisando tus papeles, recuerdas a las grandes top model que también se retiraron a tu edad habiendo invertido toda su juventud en una profesión que ahora las consideraba pasadas de moda.
Después, cobras tu primer mes de paro gracias a aquellos últimos meses de tu carrera en los que el sistema pensó que te aseguraría para que vivieses emociones fuertes antes de darte la patada. Cuando ves esa cifra en tu libreta de ahorros el sol brilla en tu horizonte más de lo que lo ha hecho en toda tu vida. Descubres que tu profesión te ha formado en muchos más aspectos de los que imaginabas y que ahora los puedes utilizar para construir tu nuevo camino. Comprendes que ahora dominas la informática, hablas inglés como si lo hubieses oído desde la cuna, y que no puedes encontrarte a nadie más imbécil que tu ex-jefe. Mientras saboreas la dulzura del prefijo ex, miras tu futuro con más ilusión que nunca deleitándote con todas las opciones que se abren ante tí. Eres una todoterreno que puede hacer todo lo que se proponga.
Ese es el momento en que tus ilusiones de niña despiertan y recuerdas que una vez soñaste con ser escritora. Tu verdadera vocación se hace visible frente a tí y haces del arte tu forma de vida. Entonces descubres que tu vocación universitaria fue la herramienta que necesitaste para creer en tí misma y vivir tu verdadero sueño. Das las gracias porque todas las carreteras secundarias te han llevado hasta el punto en el que te encuentras y te fascina la idea de que se sigan bifurcando hasta el fín de tus días. Ese es el momento en que no te importa no tener mapa porque sientes que es el primer día del resto de tu vida.
Si se tuviese que extraer una moraleja de todas estas ideas puestas por fín en su sitio, sería algo parecido a que cuando escuchas tu voz interior siempre llegas al lugar en el que tienes que estar porque cada paso te acerca más a tu esencia y, aunque tengas que dar tantas vueltas como minutos tiene el día, finalmente vives la vida plenamente.